Tiempo ha...
Por aquellos años, haciendo la mili, me tocó ejercer de telefonista en la centralita de un cuartel de Madrid.
Una de las primeras llamadas que recibí fue de Santander.
Al otro lado estaba Petu.
Su novio, Tino, se encontraba en el calabozo y yo hacía de intermediario entre los dos. Ella hablaba; él apenas respondía. Hablaba por hablar, porque, en realidad, parecía no tener demasiado interés por aquella muchacha que lo esperaba al otro lado de la línea. Y, además, no podía ver a los militares ni de lejos.
Pero Petu estaba enamorada.
Y aquella ilusión suya terminó contagiándome.
Quizá por jugar. Quizá por hacerle un favor. Quizá porque, sin saberlo, empezaba a necesitar aquellas conversaciones tanto como ella.
Comencé entonces a hacer, a mi manera, de Cyrano de Bergerac.
Yo le decía cosas bonitas, tiernas, sensuales incluso. Palabras que salían de mí, pero que ella recibía creyendo que eran de Tino.
Y así, noche tras noche, fui poniendo mi voz en boca de otro.
Los padres de Petu tenían una carnicería en Heras, un pequeño pueblo cercano a Santander, donde vivía toda la familia.
Mi turno era de tarde y noche, y eso nos permitía hablar durante mucho tiempo, con calma, sin prisas.
Día tras día, Petu se enamoraba más de su Tino.
Y yo, sin darme cuenta, empecé a sentir algo extraño.
Una química, un sentimiento que crecía silenciosamente en mi cabeza y que terminó convirtiéndose en celos.
Celos de un hombre al que no conocía, al que jamás había visto y que, sin embargo, empezaba a interponerse entre Petu y yo.
Hasta que comprendí que me había enamorado.
De un amor sin pecado.
Porque no me había enamorado de su cuerpo ni de su rostro.
Me había enamorado de su voz.
De su manera de ser.
De aquellas conversaciones nocturnas en las que, detrás de un teléfono, dos desconocidos habían empezado a compartir algo que ninguno de los dos había buscado.
Pero la vida, a veces, cambia de golpe.
Pasado un tiempo, Tino comenzó a realizar trabajos de recogida de basuras junto a otros tres presos del calabozo.
Una tarde, bebidos, el vehículo volcó.
Dos de ellos murieron.
Uno era Tino.
Durante varios días estuve hablando con sus padres.
Y Petu quedó destrozada.
Entonces dejé la centralita.
Antes de marcharme para incorporarme como chófer del General de la División Acorazada, volví a hablar con ella.
Hablamos de todo.
Hasta llegó a invitarme a su casa, en Santander, para cuando quisiera ir.
Pero yo todavía tenía por delante más de un año de mili.
Santander quedaba lejos.
Y, además, aparecieron otras novias, otras historias, otras vidas.
Quizá lo más sensato era olvidarme de Petu.
Y eso hice.
O eso creí.
Pasaron los años.
Hasta que, durante un largo puente, unos amigos y yo terminamos en Santander.
Y entonces pensé en ella.
Fui a la carnicería de sus padres.
Ellos eran encantadores.
Y allí estaba Petu.
Preciosa.
Tal y como la había imaginado durante tantas noches.
Me enseñó fotografías.
Y después sacó unas cuartillas escritas por ella.
En aquellas páginas había algo que me dejó sin palabras:
había escrito las cosas de amor que su Tino le había dicho desde el calabozo.
Palabras que ella había guardado como un tesoro.
Palabras que creía de él.
Y que, en realidad, habían nacido de mí.
Aquello que para Petu había sido el amor de Tino también llevaba, sin que ella lo supiera, una parte de mi propia vida.
Petu ya tenía otro novio.
Era argentino.
Y yo ya no sentía por ella aquello que había sentido tantos años atrás.
El tiempo había hecho su trabajo.
Porque el tiempo cambia los sentimientos.
Cambia las personas.
Cambia la vida.
Petu nos enseñó Santander y estuvimos juntos hasta que llegó el momento de marcharnos.
Después, cada uno siguió su camino.
Y hoy, tantos años después, no sé qué habrá sido de ella.
No sé dónde estará.
No sé si alguna vez volvió a pensar en aquel muchacho que, desde una centralita de un cuartel de Madrid, hablaba con ella haciéndose pasar por su novio.
Solo sé que se casó y que, algún día, se marchó a las Américas.
Y desde entonces, el silencio.
FIN
P.D.
Hay algo que Tino nunca me dijo.
Petu estaba en una silla de ruedas desde niña, debido a una parálisis.
Pero eso nunca cambió lo que yo sentía.
Porque yo no me enamoré de su físico.
Me enamoré de su voz y de su forma de ser.
Y quizá por eso, tantos años después, todavía puedo escribir estas palabras y llamarla como la llamaba entonces:
Mi Petu.
Sirvan estas líneas como homenaje y recuerdo a Petu y a Tino, estén donde estén.
Los nombres que aparecen aquí no son sus verdaderos nombres.
Pero la historia sí lo es.
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